Es una de las grandes paradojas que al parecer estamos viviendo: gracias a los avances en medicina, en las condiciones sanitarias y la tecnología, nuestra expectativa de vida no deja de crecer (¡bien por ello!). Sin embargo, en el mundo corporativo, parece que el "reloj biológico profesional" corre cada vez más rápido, acortando las trayectorias de carrera.
¿Cómo llegamos a que se esté haciendo frecuente que una persona de 45 años, empieza a sentirse como alguien que ya alcanzó su techo?
La formación académica no ayuda
El fenómeno empieza temprano. Hoy vemos una presión sistémica por "quemar etapas" o bien, justificar la duración de las carreras incorporando MBAs en los planes de estudio a jóvenes que apenas están terminando su formación de grado (pasaron de postgrado a pregrado). Resulta sorprendente que sin haber gestionado una crisis real o liderado un equipo humano, se les empuja a adquirir credenciales de alta dirección.
Esta formación acelerada (sólo teórica por lo demás) alimenta en muchos casos una ansiedad comprensible en las nuevas generaciones, por escalar posiciones a una velocidad vertiginosa. El objetivo es llegar a la cima antes de los 35.
Salir de la universidad y aspirar a ser gerente porque “el resto no sabe nada”, es algo que se escucha cada vez con más frecuencia.
La crisis de los 45
Alrededor de los 40 o 45 años, muchos profesionales experimentan una sensación de angustia profunda. Han cumplido las metas, han llegado a posiciones de liderazgo, y de pronto miran hacia adelante y ven un vacío. ¿Y ahora qué? ¿Es este el final de mi desarrollo?
¿Habrá que volver a empezar a los 50 años?
Si vamos a vivir 90 años y además necesitamos recursos para ello, es absurdo pensar que nuestra vida productiva termina a la mitad. Aquí es donde surge la pregunta incómoda pero necesaria: ¿Habrá que estudiar una segunda carrera y empezar de nuevo a los 50? ¿El mercado está interesado en profesionales de 50 años? Pareciera que definitivamente, no es así.
¿Cómo seguimos?
Creo que si bien la juventud aporta la mirada fresca y energía que toda empresa requiere, también se debe contar con la experiencia y el temple de las personas con experiencia.
Se debe sincerar nuestro sistema de educación superior, acortar las carreras como debiera haber sido hace mucho tiempo y exigir experiencia, para cursar a un postgrado.
Esta acelerada carrera profesional contra el tiempo, trae consigo frustraciones y angustias que son difíciles de dimensionar afectando a toda la familia.
Estamos ante el desafío de rediseñar nuestro sistema de educación profesional y nuestra relación con el trabajo. No podemos permitir que, mientras la ciencia nos regala tiempo, la cultura laboral nos lo quite.
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