Tuve la oportunidad de participar en un encuentro denominado “Del prejuicio a la oportunidad, encuentro por la reinserción” organizado entre otros, por la Corporación 3xi, realizado en el Centro de Educación y Trabajo de Gendarmería de Chile, en Colina I.
La experiencia que viví hace sido impresionante y relevadora. Me enfrenté a mis propios prejuicios.
Al ingresar al recinto vi pastelería de primer nivel, elementos decorativos metálicos, muebles de madera de una calidad extraordinaria, ropa de trabajo y productos fabricados para empresas como Ducasse, entre otras.
El tema no eran los productos, era quién los fabricaba. Personas privadas de libertad que, gracias a su buena conducta, trabajan, aprenden un oficio y se preparan para volver algún día a la sociedad. Cerca de 300 personas participan hoy en este Centro de Educación y Trabajo.
Pero lo que realmente marcó mi visita, fueron las más de cuatro horas de conversación que compartimos con estas personas que buscan reinsertarse. No hablamos del pasado. Hablamos del futuro.
Estuve con personas cuyas historias son muy diferentes, algunas pagando por sus errores y otras que son inocentes, pero los une el deseo de reinsertarse en la sociedad y reconstruir su vida cuando logren la libertad.
Más allá de cada caso particular, descubrí algo que no había dimensionado: no todas las personas privadas de libertad son iguales, ni todas enfrentan el futuro con la misma disposición. Algunas están haciendo un esfuerzo enorme por cambiar. Y eso, merece al menos, ser visto.
Hay un dato que me quedó dando vueltas. De aquí al 2030, alrededor de 30.000 personas saldrán en libertad. Sabemos que la reincidencia sigue siendo muy alta (70%), pero también sabemos que los programas de reinserción, reducen ese riesgo de manera significativa. Más del 80% de las personas que se reinsertan, no vuelven a delinquir.
¿Qué ocurre cuando esas personas salen? ¿Les estamos ofreciendo un camino para volver a integrarse o simplemente las estamos empujando nuevamente hacia la exclusión?
Durante la conversación aparecieron muchas barreras concretas: dificultades para acceder a un trabajo, obstáculos administrativos, escasas oportunidades y una desconfianza que muchas veces se transforma en una condena adicional, incluso después de haber cumplido la impuesta por la justicia.
La reinserción no depende únicamente del Estado. También depende de nosotros.
Se necesitan puestos de trabajo en el Estado, incentivos, empresas que estén dispuestas a abrir espacios, de organizaciones que acompañen el proceso y de una sociedad capaz de distinguir entre quien no quiere cambiar y quien ha demostrado, con hechos, que sí quiere hacerlo.
Conocí empresas que ya están dando ese paso, Ducasse por ejemplo, incorporando procesos productivos al interior de los CET y formando personas en distintos oficios. Ojalá muchas más se sumen, para que las personas desarrollen un oficio y luego continúen en estas empresas u otras, una vez cumplida su condena.
Porque al final la pregunta no es si creemos en la reinserción. Es si estamos dispuestos a crear oportunidades que la hagan posible. Ellos pondrán de su parte y debemos poner de la nuestra.
Salí convencido de que existen personas que, después de cumplir su condena, merecen algo más que desconfianza. Merecen la oportunidad de demostrar que pueden construir un futuro distinto.
Si quieren contactar a Gendarmería para desarrollar procesos productivos al interior de las cárceles, lo pueden hacer en www.rehace.cl o al mail rehace@gendarmeria.cl
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